martes, 2 de marzo de 2010

Colaboraciones artisticas

En este sección podremos degustar algunas colaboraciones de exquisita realización de jóvenes y no tan jóvenes escritores de reconocido prestigio literario los cuales muy generosamente aportaron su granito de arena en algunos trabajos de
José Manuel el cual ofrece esta pequeña ventana para que
paladeéis un poquito de su esencia.
Desde aquí mi mas sentido agradecimiento siendo este lugar un mausoleo hacia todos ellos. “Muchas Gracias chicos”.

La casa de la memoria
Ahora voy caminando donde no hay nadie
con las únicas certezas que el tiempo otorga.
Ellos han muerto ya, mis amados muertos,
pero han dejado la fosforescencia de sus sueños,
el resplandor de lo que fue prodigio,
fulgor oscuro de un paisaje derruido.

Camino con mi sombra
interrogándola para conocer
mis zonas de fragilidad y de silencio,
y me detengo junto a la casa de la memoria,
plena de ilusiones rotas y de lenguajes en fuga.

El ángel que me condenó al exilio me abre las puertas
y asoman ahora mis recuerdos y mi desamparo.
La imagen de mi destierro ha quedado
atrapada en el sueño del niño inquieto
que sólo ansía obtener una identidad.

¿Quién soy?
¿Qué hago desplazándome donde luz
y oscuridad pierden su nombre?.

Un suspiro responde e ilumina
toda la casa con la luz inocente del principio.

Mientras sueño con la casa que me sueña
en mis ojos se instala la extrañeza,
y para conjurar mi orfandad
llego a un acuerdo secreto con el tiempo
que ya es hoguera de oro
en el campo silencioso,
ataúd de fuego y rojo letargo
de cielo y tierra.

Ahora la casa de la memoria está plena de lenguajes,
hay en su interior un bullicio de luz que ahoga
todos los crujidos de la devastación.

Velaré esta luz—me digo—
y entregaré mis manos a la fuente
que vivifica y deslumbra.

Pero en el aire de la planicie
escucho un insufrible coro de voces:
no poseerás jamás tu morada,
no alcanzará tu mano lo que fue,
entierra en las brasas extintas toda esperanza.

En la casa de mi padre muerto
me susurra ala oído:

Vuelve a casa, vuelve, esta
morada imposible te pertenece.

Las voces que escucho se pierden en el
ruido de fondo que habita la noche,
mis palabras tiemblan a la hora
de identificarme en un lugar donde
todos gritan mientras duermen.

Los viejos miedos acechan en cualquier rincón,
ya no hablo, pero no puedo callar.
Abro puertas y ventanas y me asomo
a lo volandero, que es lo venidero,
honda palpitación del universo
en caos y armonía.

Sólo los fantasmas descifran
los signos del polvo estelar.

Me he perdido en fiestas y adioses,
he desobedecido a mi pasado,
pero no deseo borrarme en una interrogación.
En los pasillos de la memoria resuena
la afirmación del inicio,
la palabra dicha para que todo
regrese del abandono y las distancias.

La luz recobrada de olvidadas estrellas,
umbral que una vez fue mi nido
en las inhóspitas espesuras,
acontece con la misma serenidad con que
los rescoldos despliegan el abanico de claridad.

Recorro esta casa,
no se que fecundidad
la ha transfigurado.

Todos los espejos huelen a resina
y en sus reflejos reconozco el paisaje raigal.

En la casa de la memoria silbo libre
como silba el viento
en todos los rincones de la vejez.

Tan cerca ya de las revelaciones
celebro mi condición de fugitivo.

José Luís Zerón Huguet
Inédito


Moro Oriolano,

Oriolano cristiano.

Oriola contra Aureola
en gesta.
Un ayer de correr sangre
y rodar cabezas:
la Armengola impidió
que decapitaran a Orihuela.

Cada 17 de Julio
el pájaro Oriol revolotea
en la historia de reconquista
revivida en el desfile de fiesta.

Honrando la memoria del Rey Don Jaime
coronada su victoria en la más alta almena.

Hoy recuerdo, alegría y fiesta
en la Orihuela:

Cristiana y Musulmana
como atalaya.

Francisco José Blas Sánchez
Inédito



La rosa y el Rey Teodomiro

Cuenta un proverbio árabe que, bajo la posesión de la riqueza, late el corazón desventurado. Antes de la luz dorada sobre el monte tenebroso, antes del júbilo de las hojas en aras de la suave brisa, antes del tiempo incluso, antes del mar con sus bestias, el rey Teodomiro ansiaba que durara por siempre la dicha en su reino.

Aquella tarde amenazaba lluvia. Las nubes rasgadas por la montaña estaban sobre la vega. Por las barracas, sonó el trueno desconsolado. Pero el rey, sumido en sus pensamientos, se mantuvo firme sobre la roca a pesar de las primeras gotas. Una única rosa, a punto de quebrarla el viento, se distinguía a lo lejos entre una red de espinos. Sería una preciosa ofrenda para la mujer que más amaba.

Teodomiro mandó que la cortaran y la depositaran sobre la palma de su mano. Una espina se clavó en uno de sus dedos que sangró. Teodomiro no le dio importancia al hecho, pero la herida no sanaba y las gotas de sangre caían sobre la tierra, sobre la loza de los palacios, sobre las piedras de los caminos, sobre el embozo de las telas, sobre el oro de las alfombras, sobre la piel joven de su amada. La alquimia no pudo hacer nada. No hallaban una cura para la sangrante herida.

Una noche el rey Teodomiro vagaba cerca de las murallas, tuvo una visión: un ángel, empuñando una enorme espada, salió al paso del rey y le aseguró que la rosa arrancada aquel día era el signo de un mal presagio. La ciudad le sería arrebatada por los árabes sin piedad como el había arrancado de la tierra la única rosa que vencía el viento.

Horrorizado, el rey Teodomiro, incrédulo, atribuyó la visión a la fatiga de tantos años arduos. El ángel le anunció además que la sangre vertida por su dedo durante aquellos días era ya la sangre que brotaría del corazón de su pueblo y de los pueblos futuros que, por avaricia, conquistarán aquella hermosa tierra que Dios había creado para todos los hombres de noble corazón.

Al poco tiempo, el rey Teodomiro, acordándose de las palabras del ángel, de rindió ante el ataque de los árabes cuando la abundante sangre de los inocentes bañaba las alcobas y las calles. La soledad condujo al rey a contemplar con nostalgia la sombra de un imperio que había caído en manos de los árabes. Se dice que una rosa acabó con el poder de Teodomiro.

Manuel García Pérez
Cuento inédito



A Miguel Hernández

Lo que primero toqué,
sin conocerte bien,
fue la piel de tus palabras,
inaccesible y oscura
para mi conciencia desimaginada
pero con algunas heridas de luz
que ( iluminaban ) ó ( dejaban ver ) tu sangre,
por nuestra sangre,
desangrada.

Arañándome
con tu interminable mirada,
pude ver los primitivos brotes
de tu primitiva alma,
luchando con ¿rústica? Nobleza
por aflorar entre tanto Sol
crucificado.

Con el frío velo de la Filosofía,
que oscurece libertades
al corazón mas promiscuo,
por la potencia de su curiosidad
iluminada y asombrada,
vislumbré tus cadenas inhumanas,
en mi alma encarnadas.

Fuiste siendo Yo
cuando tus primeros versos,
de tanta luna y toro escondidos
me ( traspasaron ) encontraron,
hasta hacerlos míos
en honor consciente al Destino
que masticaba tu Cautiverio.

Sin darme cuenta
te convertiste en mi único Dios,
por ser pastor que buscó
en la tierra lo que Dios
nunca encontró
en el Cielo de los hombres.

Moriste y viviste por ser mi salvador,
por dar razón a mi existencia
y eso que yo nací treinta y dos años
después de tu muerte,
bajo el mismo Cielo Deslucido
que a ti te enterró
y a mí me parió.

Ahora soy tu esencia que,
que derrama en aquél,
su polar tiempo,
buscó un cálido cuerpo
en que refugiar su dolor.

Yo soy uno de esos cuerpos
que ahora sufre la alegría
con tus heridas,
las heridas de siempre


José Pablo Ortega Sola
Inédito





Beduinos
Un aroma a trashumar desfila las venas de la villa al caer la noche. Las estrellas, pendientes de la bóveda inmensa de la casa de Alá hacen silenciosas guardias para que los hombres que las advierten con los ojos cargados de lágrimas no se vean interrumpidos en su llegada. Se quedarán poco tiempo, apenas un ciclo del mundo conocido contra el sol. Pero su memoria permanecerá entre los que habitan desde siempre la tierra testigo de su arribada. Los lugareños, en el día de la partida de tanta nobleza, quedarán a la espera de su regreso. Impacientes, impresionados por sin igual despliegue de elegancia y generosidad aguardarán a que aquellos guerreros, feroces pero cuajados por un alma magnánima y hospitalaria hasta el extremo, tornen. Pasará una década, pero la frescura de la memoria de los que vieron llegar esperará siempre. La casa de tan soberbios guerreros, siempre abierta al visitante, es una oasis de alegría en la que propios y extraños encuentran cobijo y refresco en el centro de la calurosa noche Uryulanna. La alegría de los hombres que acuden allá para descansar después de la batalla, y la hermosura de sus mujeres, prometen al que llega momentos inolvidables cargados de felicidad. La música llena su ciudadela, y la danza convertirá en eternas las amistades encontradas en esos días. Manjares de toda clase servirán para calmar el hambre de todo aquel que tenga la fortuna de ser sentado en su mesa. Los licores sosegarán la sed. El orto con su llegada, lejos de interrumpir la fiesta, servirá para prolongar el regocijo. Y los hombres y mujeres dueños de los destinos de tan señalada saga encontraran la paz de saber que el deber está cumplido. Y con el corazón henchido por el gozo se fundirán en un abrazo más hermoso que la propia belleza. Y entre todos ellos, el más grande de los guerreros, el mas justo de los alcaldes , el más prudente de los consejeros, el más fiel de los hombres de Alá, ese hombre hijo de la más estirpe fundadora del universo sobre en el que aquellas jornadas reinará, recibirá todos los honores de los que su vida entregada a su gente le convirtió en acreedor. Él , de la mano de los suyos llevará a sus hermanos a la más magnifica de las victorias. La victoria de la amistad, del amor por sus gentes, del saber hacer, de la elegancia de la alegría y del arte en el desfile. Y así esa tribu que fue dueña de Uryula durante esa semana del caluroso julio, capitaneada por el hombre que se convirtió en referencia imborrable para lugareños y foráneos, será siempre bien mentada por todos aquellos que la disfrutaron.

Pepe Vegara
Cuento inédito



Este apartado se ira actualizando con nuevas colaboraciones.

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